U.E.C. San Vicente de Paúl                                                                                                                                       
 

“EN ESTA TIENDA NO VENDEMOS PADRES”

Esta fue la gentil respuesta de la empleada de una tienda de juguetes a una pareja joven que fueron solicitando
un juguete que entretuviera a su hija varias horas y la hiciera feliz, sin importar el dinero.

En esta pedagógica respuesta vemos cómo numerosas familias van renunciando a su papel de primeros y principales educadores de sus hijos, y delegan en el colegio sus responsabilidades educativas. Muchos padres
han renunciado al autoritarismo de antes, y no han sabido sustituirlo por un principio de sana autoridad que
enrumbe, y haga crecer con autenticidad a los hijos, que regule y norme su crecimiento y maduración.

Por otra parte, hoy está en crisis la clásica familia patriarcal, en la que el padre era el que salía a trabajar y traía
el dinero, y la madre quedaba cuidando a los hijos en casa.

En nuestros días, los hijos crecen más solos que nunca, tal vez con celulares desde que aprenden a hablar,
pero sin verdadera comunicación con sus padres y casi sin amigos que quieran jugar, pues la inseguridad nos
ha robado las calles.

Por otra parte, cada vez son más frecuentes las rupturas o la desintegración familiar y los niños crecen en un ambiente de gran precariedad afectiva, con padres ausentes (física o efectivamente) y con frecuencia, que han perdido por completo su autoridad y el control social. La pobreza, la insalubridad e inseguridad en que muchos
se levantan agudiza la sensación de soledad y abandono, favoreciendo un ambiente de confusión, que impide
el discernimiento moral de lo correcto o incorrecto, de lo que es legal o legítimo.

La ausencia de la familia la están llenando los juguetes cada día más sofisticados, el televisor y los medios electrónicos, pero no hay juguete que pueda reemplazar a los padres. Es necesario recuperar en el hogar los espacios y tiempos familiares perdidos: el comer juntos, el rezar juntos, las conversaciones y los juegos, sin
permitir que el televisor se adueñe de todos los espacios libres y los momentos de descanso.

La televisión banaliza la violencia y crea adicción a ella: violencia en las películas, noticieros, comiquitas. La televisión crea una mitología de la guerra, de lo espectacular, de superhéroes. De este modo recrea el ideal machista, la identificación con el “duro”, “el que lo puede todo”. Identificación no sólo en los personajes, también
con sus símbolos: armas, vestidos, corte de pelo, lenguaje… Los medios incorporan la violencia como algo
“natural”,
en la conducta de las personas.

Al crecer cada vez  más solos los niños y adolescentes tienden a vivir en un mundo imaginario y virtual, sin
mucho contacto con la realidad que les deprime. Por todo esto es urgente que los padres recuperen su papel de primeros y principales educadores de sus hijos. Los padres no sólo deben alimenta el cuerpo de sus hijos,
tienen que alimentar también su corazón, sus sentimientos, su voluntad y carácter, su espiritualidad.

No es fácil hoy ser padre o madre y nadie prepara para ello. Su misión está llena de contrastes en apariencia irreconciliables: han de saber comprender, pero también exigir;  respetar la libertad de sus hijos, pero a la vez guiarlos y corregirlos; ayudarles en la tareas, pero sin hacérselas.