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Para llegar a
ser auténticos padres, hacen falta tres cosas:
Querer a
los Hijos:
Lo importante
no es decir que uno quiere mucho a los hijos, sino que ellos
se sientan queridos. Pero no olvidemos nunca que querer no
es consentir ni sobreproteger, sino ayudarles a madurar, a
salir del nido materno y emprender el vuelo de su libertad
Por ello el
amor verdadero abraza pero no retiene. Hay madres
superprotectoras, que nunca terminan de cortar el cordón
umbilical de los hijos y padres excesivamente consentidores
que, en consecuencia, no permiten que los hijos crezcan.
Los padres no
deben ser ni permisivos ni autoritarios. La
permisividad lleva a que los hijos sean blandengues, sin
voluntad y carácter, caprichosos y egoístas, incapaces del
menor esfuerzo y sacrificio. El autoritarismo y la violencia
ocasionan que los hijos sean violentos y se alejen del
hogar, físicamente si son de carácter fuerte, o mediante la
evasión y el ensoñamiento si son de carácter débil.
Los padres
deben respetar siempre a los hijos y no maltratarlos
ni de palabras ni con gestos o acciones. Deben corregir,
pero sin herir, con dulzura pero con firmeza, de modo que
los hijos sientan que lo están haciendo por su bien.
Para ello, es
necesario que aprendan a decir no, y lo mantengan, cuando
deben hacerlo. Es bueno que los padres sean amigos de sus
hijos, pero nunca deben olvidar que, además, son padres que
tienen que orientar, corregir y guiar y ser ejemplo de lo
que piden a sus hijos. Es conveniente que los padres
mantengan las decisiones tomadas y eviten el caer en
contradicciones: uno es permisivo y el otro exigente, uno
sanciona y el otro levanta la sanción.
Querer y respetar
siempre a los hijos supone aceptarlos como son, con
sus cualidades y sus fallas, sabiendo que así los quiere
Dios. De ahí que los padres deben valorar más los esfuerzos
que los logros y nunca deben comparar a un hijo con sus
hermanos o con los hijos de otros, pues cada persona es
única e irrepetible y se le debe ayudar a que sea ella, no a
que sea como los demás.
Sí es
conveniente que los padres conozcan quienes son los amigos
de sus hijos, a dónde salen, de modo que los ayuden a evitar
amistades peligrosas que pueden introducirlos al mundo de la
delincuencia o de las drogas.
Es
fundamental crear un ambiente de verdadera comunicación
en el hogar con los hijos. Esto implica invertir el tiempo
necesario para escucharlos y volver a disfrutar juntos de
las cosas pequeñas (paseos, comida, juegos, lecturas, ver
televisión y comentar los programas).
Si en verdad
estamos convencidos de que la familia es nuestra principal
empresa y nuestro negocio más importante, siempre
encontraremos el tiempo y el modo para establecer una
auténtica comunicación con los
hijos.
(Pérez
Esclarín)
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